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José, el hijo de Jacob. (Parte I)

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Es el año 1860 a.C. Estamos en algún lugar del Imperio Asirio, al norte de lo que es hoy Siria.  Allí viven Jacob, su esposa, Raquel, sus criadas y sus hijos (de cuatro mujeres diferentes): Rubén, Simeón, Levi, Judá, lsacar, Dina, Gad, Aser, Dan, Neftalí  y José. Once varones y una hembra. El menor de todos es José, el único hijo de su esposa: Raquel.  Jacob amaba mucho a José, seguramente por ser el hijo de su vejez.

Un día, Jacob decide irse al sur, a la tierra donde había nacido: Canaán. Se puso en marcha con su ganado y toda su familia. En ese momento, José era un niño de brazos. Llegaron a Canaán.

Los diez medio hermanos de José lo odiaban. Le tenían envidia. Ellos eran hijos de sirvientas; en cambio José era hijo de la esposa legal de Jacob.  Era tanto el cariño que éste le tenía a José que apenas llegó a la adolescencia le mandó a tejer una túnica de colores con lo cual se distinguía de los demás.

Pasó un tiempo. José tenía 17 años  y tuvo un sueño. Se lo contó a sus hermanos.

_ Soñé que estábamos en el campo y atábamos cada uno nuestros manojos de trigo. Pero los manojos de ustedes se doblaban mientras el mío permanecía erguido.

_ ¿Qué estás diciendo? _le respondieron_  ¿qué nosotros nos arrodillaremos ante ti?  ¡Vete!No te queremos junto a nosotros!

Pero aunque ellos no lo amaban, José sí amaba a sus hermanos. Era un muchacho apacible y nunca les echó en cara que él era el hijo de la esposa de Jacob mientras que ellos eran hijos de sus esclavas.  Y en su ingenuidad, vino otro día, a contarles otro sueño:

_ Soñé que once estrellas y La Luna y el Sol me hacían reverencias.

También se lo contó a su padre y éste le dijo:

_ ¿Significará eso que tus hermanos, tu madre y yo nos inclinaremos ante ti?

Raquel volvió a dar a luz. Pero lamentablemente murió en el parto. Llamaron al niño Benjamín y entonces Jacob, en su dolor por la muerte de Raquel, comenzó a adorar a ese bebé. Sabía que sería su último hijo. Y se parecía tanto a su madre. Se regocijaba cuando veía a José, jugar con su hermanito y sentía que su vida ya estaba completa.

Pero el odio de sus hermanos hacia José crecía cada día más. No soportaban verlo con esa túnica y siempre sentado estudiando o jugando con Benjamín. Un día todos se fueron a pastar las ovejas en el campo y Jacob mandó a José a ver cómo estaban y que luego les informara. José se puso en marcha. Sus hermanos lo vieron venir a lo lejos.

_ Miren, allá viene el soñador -dijo Zabulón.  

_ ¿A qué vendrá? Me cae mal. Ojalá alguna fiera lo devorara una fiera -dijoNeftalí.  

_  ¿Y si lo matamos?... -dijo Simeón- No me miren así. No me digan que no lo han pensado.

_ Cierto,  podemos matarlo y decimos que una fiera lo devoró a ver qué será de sus sueños -le contestó Judá.  

_ No, no lo maten, no cometan tan pecado -dijo Rubén- Metámoslo en ese pozo seco como castigo. Para que se le quite lo soñador y esas ideas raras que tiene de que nosotros nos inclinaremos ante él.

_ Hola hermanos  -dijo José cuando llego- mi papá me mandó a... 

No lo dejaron terminar de hablar. Los diez lo agarraron, le quitaron la túnica de colores que su padre le había regalado y lo metieron en el pozo.

_ ¡Por favor hermanos sáquenme de aquí! ¡Qué mal les he hecho!  -gritaba José desde el fondo del pozo.

_ Voy a traer unas ovejas que se han salido del resto, ya regreso. -Dijo Rubén.

Los otros nueve hermanos se sentaron a comer sin importarles los gritos de José, quien también lloraba. Intentaba salir por sus medios pero no podía. Aunque era un joven de 17 años, José era bastante ingenuo. No veía el mal que había en el mundo. Llorando clamaba por su papá y su mamá. Pero en medio de esa soledad sólo sus hermanos podían escucharlo.

Fue entonces cuando pasó cerca una caravana de comerciantes ismaelitas que iba a Egipto.

_ Hermanos, -dijo Judá- ¿Qué ganamos con matar a José? Vamos a vendérselo a los ismaelitas.

_ Tienes razón -dijo Dan- ellos seguro que van a Egipto. Más nunca lo volveremos a ver.

Entonces sacaron a José. Tenía los ojos rojos de tanto llorar. Ya sólo les suplicaba con la mirada. Le quitaron su túnica de colores y le ataron las manos. José no podía creer lo que estaba viendo. Sus propios hermanos. Los miró a todos pero ninguno se conmovió y entonces entendió lo que planeaban. Vio venir la caravana y pensó:

"Me van a vender como esclavo. Me van a separar de mis padres. Dios mío, ayúdame".

_ ¿Qué tenemos aquí? -dijo uno de los mercaderes, el que parecía el jefe.

_ Señor, tenemos a este esclavo. Es muy trabajador. Se lo vendemos.

_ ¿Por qué lo venden si es trabajador?

_ Necesitamos el dinero.

_ ¿Cuánto piden por él?

_ Treinta piezas de plata.

_ Es mucho. Les damos 20 y no se hable más.

_ Está bien.

José solamente tenía su cabeza inclinada sobre el pecho. Un pequeño hilo de sangre le salía de la frente. Se había golpeado cuando lo sacaban del pozo. Sabía que de nada valdría decir que él era su hermano. José aceptaba su suerte. Por su mente sólo pasaba la cara de su padre, los recuerdos de su madre Raquel cuidándolo y sus juguetes infantiles que dejaría atrás.

Los mercaderes lo ataron aún más y se lo llevaron a rastras.

Cuando ya la caravana iba muy lejos, Rubén regresó y se extrañó de no oír los gritos de José. Se asomó al pozo.

_ Oigan, ¿dónde está José?

_ Lo vendimos.

_ ¿Qué? ¿Por qué hicieron eso?  ¿Qué le voy a decir a nuestro padre?  ¿Se volvieron locos?

_  Ya Rubén, tú también le tenías querías deshacerte de él.

_ Sí, cálmate. Hagamos esto. Vamos a matar a un cabrito y su túnica la manchamos con sangre y le decimos a nuestro padre que fue lo único que encontramos. Que seguramente una fiera lo devoró.

Se pusieron en marcha y le contaron todo a Jacob, quien vio la túnica y comenzó a llorar amargamente. Su dolor, su tristeza y su llanto duraron varios días.  Todos se le acercaban para consolarle pero él no quería ver a nadie. No quería comer y sólo decía: "Ojalá me muera, no deseo vivir".

Y la caravana de mercaderes. Después de varias semanas, llegó a Egipto.  En el trayecto José había enflaquecido y la expresión dulce de su rostro se había convertido en una tristeza infinita.  Lo llevaron al mercado de esclavos de la ciudad de Menfis. Lo subieron a una pequeña tarima.

_ Aquí tenemos a este esclavo. Goza de buena salud. Un poco flaco, pero ya engordará. Sabe leer y escribir y es muy educado. Y tiene una virtud que nuestros clientes agradecerán: Casi no dice una palabra.

Potifar, un general del ejército del Faraón había ido ese día al mercado de esclavos. Necesitaba un joven para las tareas domésticas y entonces lo compró.

En todo el trayecto José siempre mantuvo su cabeza inclinada. Tenía miedo de esos hombres rudos, curtidos por el sol del desierto. Pero estando en esa ciudad egipcia levantó la cabeza. Estaba admirado por las inmensas construcciones, las grandes estatuas y especialmente por tres Pirámides inmensas que se veían a lo lejos y reflejaban la luz del sol.

- ¡Apúrate, esclavo! -le dijo Potifar.

José volvió a inclinar la cabeza y puso su vida en manos de Dios.   

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Potifar vivía en una inmensa casa rodeada de jardines. Tenía muchos sirvientes. Estaba casado y casi nunca estaba en casa por sus obligaciones en el ejército.  El Faraón era Sesostris III.

Potifar le dio sus obligaciones a José: Regar los jardines, limpiar la casa, y otras tareas domésticas. Dormía junto con otros sirvientes en un anexo donde se almacenaba el trigo y todas las noches, antes de acostarse oraba a Dios y le pedía por sus padres y por sus hermanos. Se preguntaba si algún día volvería a verlos.

Una noche otro de los criados, un nubio,  le preguntó.

_ ¿Quiénes son tus dioses? ¿Amón? ¿Anu? ¿Osiris?

_ Tengo un solo Dios.

_ ¿Uno solo? ¿Estás loco? ¿Y cómo es? ¿No tienes alguna imagen de él? ¿Cómo se llama?

_ El Dios en quien creo no tiene nombre ni imagen.  

_ Ustedes los hebreos están locos. Hay muchos dioses y todos tienen nombre. Y al parecer tu Dios, si es que existe, te ha abandonado. Eres un esclavo.

Y así pasaron los días. José le cayó bien a Potifar. No entendía eso de un solo Dios pero se dio cuenta que había hecho una buena adquisición. José era ordenado, tranquilo y obediente. Además era muy inteligente. Un día reunió a todos sus sirvientes. José estaba entre todos ellos.

_ José, ven para acá, ponte a mi lado -le dijo Potifar.

José salió de entre el grupo y se paró al lado de Potifar.

_ Los he llamado a todos para decirles que de ahora en adelante José será el mayordomo de la casa. Todos deben rendirle cuentas a él. Su palabra será como mi palabra. ¿Entendieron?

_ Sí, señor, lo que usted diga.

_ José _dijo Potifar_ ya no dormirás más en el granero. Hay tres habitaciones libres en la casa. Escoge la que quieras. Ten _le entrega un pergamino_ con esto te autorizo a que retires mi paga. Tengo una gran parcela de trigo, quiero que también supervises eso.  No vayas a decepcionarme.

A partir de ese momento José se encargó de toda la casa: De las compras, de las provisiones. Y se ganó el respeto y el cariño de todos los demás esclavos por su humildad.  También, a Potifar le empezó a ir muy bien en sus negocios. Hasta su campo de trigo producía más grano y no entendía por qué ahora la casa se veía más limpia, cuidada y los sirvientes no murmuraban, sino que hacían sus faenas, contentos.

Pero Potifar tenía su lado oscuro. Por atender a sus amantes casi no estaba en casa y su esposa permanecía siempre sola. Un día ella vio a José, quien era de hermoso semblante y bella presencia y se le acercó.

_ Buenos días, señora. -dijo José.

_ José,  ¿ya has conocido mujer?

_ No entiendo, señora.

_ No te hagas el tonto conmigo. Sabes de lo que te hablo.

Entonces ella se le acerca aún más y se quita parcialmente su vestido.

_ ¡Acuéstate conmigo!.

José no puede evitar ver sus senos y se estremece, pero la aparta con suavidad y sin verla le dice:

_ Señora, por favor, el señor Potifar ha puesto su casa en mis manos. Confía en mí. No puedo traicionar esa confianza ni pecar contra Dios.

José se alejó rápidamente y se encerró en el granero. Era un joven de casi 18 años. Nunca había estado con mujer y la visión de la esposa de Potifar no se le borraba de la mente.

_ Señor, Señor, aleja de mí todo mal. No permitas que caiga en la tentación. Señor, protégeme. 

Y así estuvo por un rato.

Pero la señora insistía. No perdía oportunidad de insinuársele. Y él siempre la rechazaba y trataba de no estar por donde ella solía permanecer o bien siempre que podía se hacía acompañar de alguna criada o de algún esclavo.

Un día, que regresó de la parcela de Potifar, José se extrañó de ver la casa vacía. No había nadie. Ninguno de los sirvientes ni esclavos estaban allí.  La esposa de Potifar les había dado el día libre a todos para quedarse sola con José.

Al verlo, ella lo agarró fuertemente por su ropa.

_ ¡Quiero que te acuestes conmigo! No me digas que también no lo deseas lo he visto en tus ojos.

Pero él logró zafarse, dejando en manos de ella su túnica,  y se fue.

Al rato llegaron los sirvientes y ella les contó:  

_ Miren lo que Potifar me ha hecho. Trajo a ese esclavo hebreo para deshonrar esta casa. Me quiso violar y yo grité. Se asustó y se fue, pero dejó aquí su túnica.

Iguales palabras le dijo a su esposo y éste le creyó. Pero aunque la pena por ese delito era la muerte, era tanto el cariño que Potifar le había tomado a José que decidió echarlo en cárcel. José ya sabía por experiencia que no valdría de nada gritar su inocencia.  Al menos la cárcel a donde lo mandaron no era una cárcel para criminales o delincuentes comunes, sino para gente de la nobleza, hasta funcionarios del Faraón estaban allí.

Pero Dios, aunque a veces manda cosas duras para fortalecernos nunca envía más de lo que podemos soportar: José le cayó muy bien al Jefe de la cárcel, un hombre que no llegaba a treinta años, llamado Rehema.  

_ Muchacho, como ves, aquí no hay criminales. Y yo sé reconocer a un inocente con sólo verlo. De ahora en adelante serás mi asistente. Te encargarás de la distribución de la comida y ya veremos qué otras cosas.

Pero metido allí, en esos sótanos, era inevitable que José no recordara aquel día cuando sus diez hermanos lo lanzaron a un pozo. Se recordó de su madre y de su padre.

"¿Cómo estarán mis hermanos? Protégelos Señor, ellos no son malos. Benjamín... mi hermanito. Ya debe tener 12 años. Permite señor que algún día vuelva a verlo. Y así pasaban sus noches. 

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José se había ganado el afecto del director y de los otros presos. Distribuía la comida y llevaba las cuentas de la prisión. Todos los hombres que allí estaban sabían que era inocente. Algunos hasta conocían a la esposa de Potifar.

_ ¡Esa es una zorra! ¡Quería violar a este muchacho! -hablaban entre ellos.

_ Potifar debe saber que eres inocente, José, pero no iba a contradecir a su esposa delante de todos. .

_ Sí, por eso fue que no te mató. Estaba en su derecho a hacerlo. Te mandó aquí porque sabe que eres inocente.

_ ¿Por qué no apelas ante el Faraón? Dicen que es un hombre justo.

_ Gracias, amigos, pero si me liberan, ¿a dónde voy a ir?

_ Puedes regresar con tu padre, quizás aún viva.

_ No, mis hermanos no me quieren. Aquí estoy bien. El director me deja estudiar y hasta estoy aprendiendo a escribir egipcio.

_ Por eso mismo te lo decimos. Son pocos los que saben escribir. Ganan mucho dinero. Deberías de ver cómo sales de aquí. Escaparte, quizás. ¿Qué edad me dijiste que tenías?

_ En tres meses cumplo 19.

_ Hazme caso, de aquí no vas a salir nunca y si sales es porque te van a lanzar a los cocodrilos. 

_ No se preocupen.  Todo está en manos del Señor.

_ ¿El Señor?... ¿Así llamas a ese Dios tuyo que nadie conoce y que no tiene nombre?  ¡¡Por favor!! Olvídalo. Ese Dios tuyo te abandonó.  Ahora te tienes a ti mismo.

Pero a José los presos también lo buscaban mucho por una razón: Tenía el don de interpretar los sueños.

Muy lejos de allí, en Canáan, Jacob se convirtió en un hombre solitario y triste. Perdió a su esposa dando a luz y había perdido a su hijo José. Benjamín ya mostraba los primeros vellos en su mejilla y Jacob sabía que tenía que ir pensando ya en una esposa para él. Benjamín también se iría. Jacob no entendía por qué aún vivía. No podía sacarse de su mente la imagen de José siendo devorado por leones. Ni siquiera pudo enterrarlo. La tristeza y el dolor lo mantenían casi siempre en cama. Sólo las risas de Benjamín daban algo de sosiego a su alma.

Sus otros hijos tarde entendieron lo que habían hecho. Más nunca pasaron por el pozo seco. Les parecía escuchar el llanto de José suplicándoles que lo sacaran. Se culpaban unos a otros y a veces, en secreto, varios de ellos lloraban. Se recordaban aquella tarde que José, contento llegó y les dijo:

_¡¡Hermanos, miren, miren la túnica que me regaló mi padre!!

A veces se despertaban en la madrugada y parecía que lo veían sentado, afuera de la tienda, viendo las estrellas, como siempre solía hacer.

"La envidia nubló nuestro corazón _pensaba Rubén_ Hemos cometido un gran pecado".

"Seguramente mataron a nuestro hermano" -se decía así mismo Judá.

Y era tanto el remordimiento que entonces trataban de mitigarlo llenando a Benjamín de mucho afecto. Benjamín era hermano de padre y madre de José y había sacado sus mismos ojos, color café. Sobreprotegían al niño creyendo dentro de sí que de esa manera lavaban su culpa por haber vendido a su hermano.

Pasaron diez años, Sesostris III había muerto tres años antes y el Faraón ahora era su hijo Amenenhat III, de 25 años de edad. 

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Del José que corría alegre por los campos de Canáan bajo la mirada orgullosa de su padre ya no quedaba nada. Tenía una espesa barba y cabello largo. Pero no perdía su humildad ni tampoco perdía su fe.

Un día trajeron dos presos nuevos. Uno era el copero del faraón, el hombre que se encargaba de supervisar todo lo que el Faraón bebía y el otro el jefe de los panaderos del palacio. Habían estado involucrados en un complot pero no había suficientes pruebas contra ellos. Los mandaron a esa prisión mientras que el faraón decidía qué hacer. Rehema los llevó a sus celdas y le dijo a José:

- Encárgate de ellos. Son personas muy importantes.

El copero y el panadero se hicieron amigos de José. Una mañana éste llegó con el desayuno y los vio  tristes.

_ ¿Qué les sucede? –les preguntó.

_ Es que tuvimos un sueño. Cada uno un sueño diferente y aquí no hay quien lo interprete.

_ No se preocupen… ¿Acaso no son de Dios las interpretaciones? Cuéntenme.

_ Yo soñé –dijo el copero- que una vid estaba delante de mí y tenía tres flores y vi como las tres se convertían en tres racimos de uvas. Yo tenía en mi mano la copa del Faraón y se la puse a él en sus manos

_ Eso significa –le dijo José- que dentro de tres días el Faraón te restituirá en su puesto.  ¿Y tú, qué soñaste? –le preguntó al panadero.

_ Yo soñé que tenía tres canastas sobre mi cabeza. En la canasta superior había muchos manjares, y las aves se los comían.

José se quedó pensativo.

_ ¿Qué significa? ¡Dime! ¡Lo que sea, dímelo!

_ Amigo, en tres días te llevarán de aquí y te ahorcarán.

_ ¡No, no! ¡No sigas!

Pasaron tres días y Rehema vino a buscarlos. José estaba con ellos.

_ Tú y tú, vengan conmigo. Se van.

_ ¿A dónde? –preguntó asustado el panadero.

_ Que están libres… Recojan sus cosas.

Cuando ya el jefe de los coperos iba a salir José le dijo:

_ Amigo, acuérdate de mí cuando estés en casa del Faraón. Háblale de mí. Dile que me sacaron de la tierra de los hebreos sin razón alguna y que también me metieron en esta cárcel siendo inocente. Ten misericordia y no te olvides. Quizás puedas lograr con el Faraón que me saquen de aquí.

_ Tranquilo, José… Si no es que me están llevando para matarme, le hablaré de ti al Faraón. Haré lo que pueda.

Y ambos salieron escoltados. Mientras que dos emisarios del Faraón se llevaban al copero para el palacio diciéndole: “Tienes suerte, parece que eres inocente y el faraón quiere que regreses a tu puesto”. Otros dos se llevaron al panadero por otro camino, al final del cual lo esperaba la horca.

El copero retomó su puesto pero en el ajetreo de la preparación de un banquete que el Faraón estaba dando por su cumpleaños se olvidó de José. 

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Pasaron dos años. José seguía en la cárcel. Ya tenía 28 años y no dejaba de pensar en su padre y sus hermanos. Aunque podía moverse por toda la prisión y era estimado por todos allí, José ya se desesperaba por salir. Había aprendido el idioma egipcio y leía mucho, hábito que le inculcó su padre desde niño cuando le decía:

_ José, tú eres un hijo milagroso. Tú no estás destinado a ser pastor de ovejas… Estás destinado a grandes cosas.

Fueron palabras como esas las que poco a poco hicieron crecer la envidia de sus diez hermanastros. Pero no hay que culpar a Jacob. Cuando José nace él debe haber tenido unos 70 años como mínimo. Todos sus otros hijos ya eran adultos y algunos con esposas e hijos. José vino a ser su hijo de la vejez y fue el primer hijo de Raquel, que se pensaba que era estéril. En su bondad, Jacob pensó que su preferencia por José no afectaría a sus otros hijos, pero no fue así. Sí los afectó hasta el punto de venderlo como esclavo.

Seis años después del nacimiento de José nación Benjamín. Raquel murió en el parto. Benjamín es la luz de los ojos de Jacob. Tiene ya 22 años. Toda la vida ha sido sobreprotegido. Y sus diez hermanos también lo hacen.   Ha sido tanto el sufrimiento de Jacob por la pérdida de José que  lo último que quieren es verlo sufrir nuevamente.

_ ¿Y si vamos a Egipto? Quizás lo encontremos – dijo Dan.

_ ¿Y qué le diremos a nuestro padre?: “Papá, vamos a Egipto un momento, ¿sabes? Ya venimos”.–le dice Zabulón.

_ No te burles. Sólo decía.

_ Lo único que sé _dijo Isacar_ es que nada queda sin paga en el mundo. Nosotros, algún día, recibiremos nuestra paga por lo que hicimos.

_ Yo se los dije. Que no cometiéramos ese mal contra el muchacho –dijo Rubén-

_ Cállate, Rubén, tú ayudaste a meterlo al pozo. No vengas ahora a declararte inocente. –le responde Gad.

_ No tiene caso discutir – dice Neftalí- Todos somos culpables. Y no hay manera de enmendar nuestro error. Sólo nos queda esperar y aceptar el juicio de Dios.

Judá estaba un poco apartado. No decía nada. Veía hacia la pequeña llanura, donde pastaban las ovejas y jugaban sus tres hijos pequeños y sendas lágrimas bajaron por sus mejillas. Ahora que él tenía sus propios hijos entendía el dolor que embargaba a su padre.

 

Pasaron dos años. Ya José llevaba casi doce años en prisión. Doce años habían pasado desde que fue vendido como esclavo.

Una noche intentaba conciliar el sueño. Era lo único que estaba padeciendo desde hace unos meses. Insomnio. Nunca se había enfermado y eso era del asombro de todos en la prisión. La malaria hacía de las suyas en Egipto y eran frecuentes los salpullidos y los abscesos por las picaduras de insectos. Pero José nunca tuvo problemas de salud.

_ ¿Será ese Dios a quien él llama Adonay que lo protege? –Se preguntaban algunos.

Dando vueltas en la pequeña cama cientos de visiones le venían a su mente. Escuchaba gritos, ruidos de cosas que nunca había oído.

_ Adonay, ¿qué quieres decirme? –musitaba.

En el Palacio, no lejos de allí, el Faraón dormía profundamente. Y soñaba.

Se vio caminando por la orilla del Nilo  y entonces vio siete vacas hermosas y robustas que se quedaron quietas paciendo en el prado. Pero después vio a siete vacas muy feas, raquíticas y se acercaron a las robustas y comenzaron a devorarlas.

Amenemhat despertó sobresaltado. Al rato se volvió a dormir y entonces soñó  que veía siete espigas llenas y hermosas que crecían de una sola caña; pero después de ellas salían otras siete espigas, pequeñas y abatidas por el viento y devoraron a las anteriores.

Por la mañana, Amenemhat andaba perturbado. Jamás había tenido un sueño así y algo le decía que significaba algo. Mandó a llamar a los magos de la corte y les contó sus sueños y ellos le pidieron tiempo para darle la interpretación. Pero entre los presentes estaba el copero, aquel que estuvo preso con José por pocos días, dos años atrás. 

_ Oh noble Señor, le pido que me excuse por mis faltas –le dijo el copero.

_ ¿Qué sucede? –respondió Amenemhat.

_ Hace dos años, cuando usted se enojó conmigo, me mandó a la cárcel y allí conocí a un joven que sin lugar a dudas sabe interpretar correctamente los sueños.

_ ¿Y por qué estás tan seguro?

_ Señor, porque después de un sueño que tuvimos el Jefe de los Panaderos y yo, él nos dijo que el repostero sería ahorcado y que yo regresaría a mi puesto. Y como ve eso se cumplió.

_ ¿Y por qué no me habías hablado de ese hombre?

_ Lo olvidé mi Señor… le ruego me excuse. Ese día, cuando regresé al palacio, usted estaba de cumpleaños y en el afán porque la fiesta quedara bien olvidé a ese muchacho.

_ ¿Muchacho? ¿Qué edad tiene?

_ No lo sé, mi señor… ahora debe tener como treinta años.

_ ¿Sabes su nombre?

_ Sí, mi  señor, se llama José.

_  Un nombre hebreo… Está bien. Puedes retirarte.

Entonces el Faraón, con un gesto le pidió al Jefe de su guardia personal que se acercara y le dijo en voz baja.

_ Ve a la prisión y trae ante mi presencia al hebreo llamado José.

_ Mi señor, debe estar sucio y quien sabe qué enfermedades pueda tener. Habría primero que asearlo y que los médicos lo revisen.

El Faraón mira a aquel oficial que mantiene su cabeza inclinada (Estaba prohibido mirar al faraón a la cara a menos que él lo autorizara) y alzando su voz le dice:

_ ¡No!... ¡Ya!  Presiento que un gran mal se abatirá sobre Egipto.

José se encontraba en su celda cuando escuchó un alboroto y el sonido característico de los soldados cuando caminan al mismo paso. Se levantó y fue a ver qué pasaba. Vio a Rehema con cara de preocupación y los soldados detrás de él.

_ Es él – dice Rehema, señalando a José.

José lo veía intrigado. De pronto, de entre los soldados aparecieron dos esclavas, con toallas y ropas en sus manos. También un barbero. 

_ ¿Dónde están los baños? –preguntó el que parecía ser el jefe de los guardias.

_ Al final de ese corre…

No lo dejaron terminar de hablar. Lo apartaron a un lado y dos soldados tomaron a José y se lo llevaron. Las dos sirvientas y un barbero caminaron apresuradamente detrás de ellos.

_ ¿Qué le van a hacer? –le preguntó uno de los presos a Rehema.

_ No sé… Y no entiendo por qué tanto apuro.

Los dos soldados desnudaron a José y las dos esclavas lo bañaron. Luego lo vistieron con ropas nuevas y el barbero procedió a afeitarlo.

_ ¿A dónde me llevan? ¿Qué sucede? –le preguntó al barbero.

_ No sé, sólo me ordenaron afeitarlo.

Una vez listo los soldados se lo llevaron.  Todos los presos se habían puesto al lado en el corredor y se despedían de él con la mirada. Sabían que no iban a ejecutarlo, porque lo asearon y lo vistieron con ropas nuevas. Pero estaban extrañados. ¿Por qué tanta agitación? Otros no miraban a José sino a las dos esclavas. Mucho tiempo hacía que no veían una mujer. Rehema les salió al paso, tenía unos pergaminos donde José había estado escribiendo una especie de diario, la historia de su vida.

_ José, ¿qué hago con esto?

_ Guárdalos, por favor.

Siguieron caminando rápidamente hacia la salida y Rehema detrás de ellos. Dos nubios custodiaban la entrada. La abrieron y siguieron rápidamente. Sin volver la vista atrás José escuchó la voz de Rehema:

_ José… Gracias.

José volvía a ver la ciudad después de casi trece años.  Cerca, el Nilo, con sus campos de cañas y más allá las arenas del desierto. El palacio del Faraón estaba cerca.  Y a lo lejos vio la casa de Potifar. Se atrevió a preguntar:

_ Mi señor, disculpe mi atrevimiento… ¿Puedo preguntar algo?

_ Sí.

_ ¿Me mandó a buscar el señor Potifar?

_ ¿Potifar? ¿El que era Jefe de la Guardia del Faraón?

_ Sí, señor.

_ Potifar murió… Un día amaneció muerto, en su cama

Y el oficial agregó entre labios, tan bajito que José no pudo escuchar:

_ Seguramente envenenado.

Cuando llegaron ante la puerta de la estancia del trono del faraón, el oficial le dijo:

_ Apenas entres te arrodillas y nunca le veas el rostro a menos que te lo pida. Si te pregunta sólo responde corto y conciso.

Les abrieron la puerta. Al fondo del salón estaba el Faraón, sentado en el trono, con la doble corona del Alto y el Bajo Egipto y con su bastón de mando. Al lado su esposa  y su hija. Cerca, sentado en el suelo, se encontraba el escriba real. Un poco alejados se encontraban sus principales funcionarios y varios magos. José los reconoció inmediatamente por sus báculos y sus collares con el símbolo del dios Ra.

_ ¡Arrodíllate! –le susurró el oficial que lo había traído.

El Faraón se levantó y como si fueran autómatas, todos en el salón inclinaron la cabeza. Una gran estatua de Ra se encontraba al fondo del trono y en lo alto, en la pared, la escritura con los títulos de Amenemhat: Gran Poder de Horus... El Heredero de Las Dos Tierras… José jamás había visto tanta opulencia… Pero el Faraón era un hombre de 27 años y al parecer hacía honor a su otro título: Vive en la Justicia.

Al contrario de lo que pensaban los que allí estaban, Amenemhat no se enfureció por la afrenta de ver a José erguido y sintió curiosidad. Se le acercó. José tuvo la gentileza de inclinar su cabeza.

_ Hebreo… ¿no sabes que puedo ordenar tu muerte por no inclinarte ante mí?

José permanecía en silencio.

_ Puedes hablar. –le dijo Amenemhat.

_ Señor, no es arrogancia, es sólo que mi fe no me permite arrodillarme sino ante Dios.

_ ¿Cuál Dios? Yo soy un dios.

_ Mi Dios, señor. Aún a riesgo de morir, sólo puedo arrodillarme ante mi Dios.

Y quizás esas fueron las palabras que impresionaron a Amenemhat.  Al instante supo que ese esclavo no le mentiría para salvar su vida. Acostumbrado como estaba a que todos hicieran lo que él decía, sintió una sensación que nunca había sentido. Y extrañamente vio en José a alguien que podría hasta ser su amigo.

 _ Bueno, te perdono tu insolencia. Total no eres sino un esclavo semita. Sígueme.

El faraón se dirigió a su trono. José lo seguía sin levantar la mirada, pero logró ver al copero que por vergüenza le ocultó el rostro. “Si le hubieses hablado antes de mí, quizás no hubiese pasado todo ese tiempo en prisión” – pensó José.

Porque en ese momento ya Dios le había revelado a José la razón de su presencia allí.

_ Ya ven, al menos este hombre no me mentirá para salvar su vida. ¡¡Cuerda de incapaces!!

El olor a incienso era penetrante. Alto en el trono, por un extraño mecanismo mecánico dos inmensos abanicos de lino refrescaban la estancia.

_ Escúchame bien, hebreo. Tuve un sueño y me han dicho que sabes interpretarlos.

_ Señor, no está en mí… Dios será el que le dé la respuesta.

_ Soñé que estaba a la orilla del Nilo y subieron siete vacas robustas y hermosas, pero después salieron siete vacas flacas y muy feas que devoraron a las siete primeras, pero siguieron igual de flacas. Entonces desperté.

_ ¿Y el segundo sueño, mi Señor?    

_ ¿Cómo lo sabes?

El faraón miró hacia su oficial de la guardia quien inclinándose más le dijo:

_ Poderoso Señor, no le hemos dicho nada.

_ En el segundo sueño _prosiguió Amenemhat- vi siete espigas llenas y hermosas que crecían en la misma caña pero salieron otras siete, marchitas y pequeñas que devoraron a las primeras. Ninguno de mis magos y sabios ha sabido interpretar estos sueños.

_ Mi Señor, usted ha sido bendecido. Dios le ha mostrado lo que va a hacer. Los dos sueños significan lo mismo. Las siete vacas robustas y las siete espigas hermosas y llenas son siete años de gran abundancia en Egipto; pero las siete vacas flacas y las siete espigas marchitas significan que después de esos siete años de abundancia vendrán siete años de gran hambruna. Tan grande que Egipto puede quedar arruinado.  Y el hecho de que lo haya soñado dos veces significa que la decisión es firme de parte de Dios.

Amenemhat sintió un escalofrío. Algo le decía que José tenía razón.  Las malas cosechas no eran algo desconocido en Egipto. A veces venían plagas de langostas o el Nilo no crecía lo suficiente. Pero siempre había suficiente grano, tanto de trigo como de lentejas e higos para cubrir las necesidades. Se imaginó siete años de hambruna y vio en ello la destrucción de Egipto.  Entonces dijo:

_ Y tú, que interpretas los sueños… ¿Sabrás acaso qué puede hacerse?

_ Mi Señor, nombre a una persona de su entera confianza, honesto y que éste a su vez nombre gobernadores por todo Egipto y que en los siete años de abundancia guarden la quinta parte del grano. Así serán llevaderos los siete años de escasez.

_ Imposible… ¿Cómo guardar todo ese grano? ¿Dónde? Eso nunca se ha hecho.

_ Mi Señor, Egipto es una tierra seca, a excepción de las orillas del gran Niño. El trigo puede ser almacenado en grandes graneros.

_ ¿Estás seguro que esa es la solución?

_ Sí, mi Señor.   

_ ¿Y ese grano que se almacenará me pertenecería?

_ Sí, Señor. Luego, en los siete años de escasez, podrá venderse para que el pueblo no muera.

Amenemhat se quedó pensativo. Sólo un tonto no hubiese visto lo que eso significaba para consolidar su poder. Los faraones de Egipto estaban siempre en la mira de la poderosa casta de sacerdotes. Con Dioses para todo y cada uno con decenas de sacerdotes y con un pueblo manipulable y supersticioso. La clase sacerdotal ya antes había logrado deponer faraones. Guardar todo ese trigo, sin que le cueste dinero (excepto la construcción de los graneros) y luego venderlo catorce años después, no sólo recuperaría el gasto de construcción de los graneros, sino que lo convertiría en un hombre rico y poderoso.

Amenemhat vio fijamente a José. Se levantó de su trono. Se le acercó e hizo algo que un faraón jamás haría: Colocó su mano derecha sobre el hombro izquierdo de José mientras que con la otra mano le levantó la cara y le sonrió.

Un murmullo llenó toda la estancia.

_El hombre que pondré a supervisar todo lo que has dicho, eres tú, José.  

Durante quince años Dios había pulido la piedra y ésta ya estaba lista para la gloria. 

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José no sabía qué pensar. Estaba allí, parado, frente al Faraón Amenemhat, en la sala del trono. Rodeado de Sacerdotes de Osiris, Ra, Amón. También magos, con sus túnicas blancas, sus collares con el ojo de Ra y sus báculos rematados con imágenes de cobras de oro. Amenemhat le acababa de subir el rostro tocándolo por el mentón. José vio sus ojos y vio la soledad del poder. Todo Egipto consideraba al Faraón como un dios, como la encarnación de Ra en el mundo. Incluso, se consideraba que el gran río Nilo era su sangre y la tierra de Egipto su cuerpo. La civilización egipcia era tan antigua como el tiempo. Para los semitas, pastores de Canaán, los egipcios eran descendientes de Mizraim, uno de los nietos de Noé. El Faraón era conocido como el Rey de las Dos Tierras porque Egipto estaba dividido en dos grandes zonas: El Alto y el Bajo Egipto. La producción de trigo de esa nación era inmensa, tanto que siglos después se convertirá en el granero del imperio Romano. Estaba repleto de grandes matemáticos, arquitectos, músicos y las calles de sus ciudades rebosaban de mercaderes, malabaristas y muchas prostitutas.  Un ejército de médicos mantenía a raya la malaria. Los científicos modernos desconocen que técnicas usaban o de qué medicamentos se valían pero eran bastante eficaces para combatir esa enfermedad. La magia era el pan nuestro de cada día al igual que las sectas esotéricas.  Egipto tiene otro misterio: ¿Cómo pudo permanecer durante 3000 años manteniendo su institucionalidad, religiones y costumbres intactas? Aun hoy día, muchos campesinos egipcios, se visten o usan técnicas agrícolas exactamente iguales a las usadas hace casi cuatro mil años, el tiempo en que vivió José.

Y allí estaba, el bisnieto de Abraham, descendiente de Sem, el hebreo José… el esclavo, parado frente al hombre más poderoso del mundo que ellos conocían.

_ ¿Dónde encontraré a otro hombre que pueda hacerse cargo de esa tarea sino en este donde parece que está el espíritu de Dios? – Pregunta retórica del Faraón.

El escriba, sentado en el suelo, escribía todo lo que el Faraón decía. Los faraones tenían una manía por conservar por escrito todas las cosas de su reinado. Incluso, para ellos más que la muerte lo peor que podía pasarte era que te borraran de la historia.

_ Tú estarás sobre mi casa y por tu palabra se gobernará todo mi pueblo. Solamente yo seré mayor que tú. Te pongo por sobre toda la tierra de Egipto.

Amenemhat se saca su anillo y se lo pone él mismo a José en su dedo medio.

_ He dicho, que quede escrito.  Todos pueden retirarse.

José lo mira como preguntando. “¿Eso es todo?”.  El Faraón se sienta y dice:

_ Excepto tú, José. Quédate.

Todos salieron de la estancia. El Faraón se quita la doble corona de Egipto y un hermosísimo collar de oro que tenía colgando de su cuello y se lo coloca a José.

_ Nadie alzará su mano ni su pie en todo Egipto si tú no lo autorizas.

_ Hace tiempo que quería hacer esto –agregó Amenemhat.  Es mucha carga para mí.

José estaba extrañado. Hace apenas unos momentos ese hombre parecía que no quería tocar el  suelo y ahora era un ser humano de lo más común y corriente. Era solamente un joven de unos 27 años, que se sentía solo, como se sienten todos los que tienen poder.

_ No te asombres… Todo lo anterior es protocolo. Toda esa parafernalia tiene un propósito. No hay nada que intimide más al pueblo que la majestad del poder… Todo eso es teatro.

_ No sé qué decir, mi Señor.

_ Llámame Nymaatra… Es mi nombre de nacimiento. El nombre que me dio mi madre. A propósito, ya tu nombre no será más José. Ahora te llamarás Zafnat Panea, un nombre egipcio. Significa “Dios habló”.

_ Lo sé señor… Nymaatra.

_ ¿Cómo es que hablas tan fluido el egipcio? Debes contarme tu historia.  Mi copero me habló algo mientras te traían acá. ¿Es cierto que tus propios hermanos te vendieron como esclavo?

_ Así es mi Señor… pero no los culpo… Mi padre me daba más atenciones que a ellos por ser el hijo de su vejez y ser hijo de la esposa que más amaba. Ellos vieron eso como más amor.

_ Y sintieron envidia… el sentimiento más perverso y peligroso que existe.

_ Así es, señor Nymaatra.

_ Dime solamente Nymaatra… Claro, en presencia de otros debemos conservar las apariencias. ¿Entiendes?

_ Sí, Nymaatra.

_ Por cierto, sé que tu nombre es un nombre hebreo, pero ¿qué significa?

_ Fue idea de mi madre… Significa “añadir”… porque era estéril durante toda su vida y milagrosamente Dios hizo que concibiera.

_ Ahora entiendo la sobreprotección de tus padres.  Generalmente los hijos que nacen cuando todo hacía pensar que no nacerían, son personas que están destinadas a grandes cosas…  Lo que era imposible, fue posible… Los dioses saben lo que hacen.

_ Yo creo en un solo Dios.

_ Esa idea no es nueva, Zafnat Panea… Ya antes en Egipto ha habido sacerdotes que opinan que hay un solo Dios.

_ ¿Y qué cree usted?

_ No lo sé, lo que sí sé es que esa creencia ayuda a mantener el orden.  Bueno, ya debo retirarme.  

Entonces el Faraón alza su voz. Llama a uno de sus asistentes.

_ Lleva a José a su casa. La que perteneció a mi abuelo. Que mis sastres le hagan ropa nueva, con el lino más fino que haya y dispongan de los sirvientes que necesite para que lo atiendan.  También denle dos carros con los mejores caballos… Todo lo que él necesite o les pida deben dárselo como si fuera yo mismo, ¿haz entendido?

_ Sí, mi Señor.

_ José, síguelo a él. Descansa por hoy. Prepara tu plan y mañana en la tarde conversamos.

- Sí, mi Señor.

Tenía José treinta años. Había pasado un año como esclavo en la casa de Potifar y  doce años en prisión.

Metido en la tina, en su nueva casa, rodeado de lujos, y de sirvientes, allí, solo, desnudo, con el agua tibia y aromatizada que le llegaba hasta el pecho, José volvió a pensar en su padre y sus hermanos. Especialmente en Benjamín que en ese momento tenía 24 años. Pero una idea lo atormentaba: ¿Habrán matado mis hermanos a Benjamín? ¿Lo habrán también vendido como esclavo? ¿Vivirá mi padre?... Pero se recordó del sueño del Faraón… En siete años vendría sobre Egipto una gran sequía y estaba en sus manos evitar la hambruna que vendría. Tenía que ponerse a trabajar.

_ Señor, Dios mío, ayúdame en esta tarea que me has puesto. Y te agradezco Señor tu misericordia… Y no permitas que la opulencia, la riqueza o el poder me envilezcan… Recuérdame siempre Señor que sin ti no somos nada y que todo esto es vanidad.

Lo que José no sabía en ese momento es que estaría toda su larga vida como el segundo hombre más poderoso de Egipto.  

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La ciudad de Menfis, donde habitaba el Faraón y en casa aledaña habitaba José era una de las ciudades más pobladas del mundo.  Había sido fundada 1200 años antes por el Faraón Menes. Se encontraba cerca de numerosas ciudades como Bubastis, Avaris, Heliópolis… Fue en esta última, conocida por los hebreos como On, que José se comprometió en matrimonio con Asenat, hija del Sumo Sacerdote de Ra, Potifera.  Asenat era también prima del Faraón, con lo que José, al casarse con ella se convirtió en parte de la familia real.

José organizó una red de funcionarios que se dedicarían a guardar la quinta parte del trigo en esos siete años de abundancia, también supervisaba la construcción de grandes graneros por todo Egipto así como canales de agua que desahogaran las crecidas del Nilo y llevaran el líquido a zonas más interiores.   Ávido de conocimientos pasaba parte del tiempo en Heliópolis, estudiando. Esta ciudad era algo así como la ciudad universitaria de Egipto. Sus sacerdotes estaban entre los más cultos. Muchas de las sanas discusiones de José con su suegro y con los otros sacerdotes giraban en torno a si existía o no un solo Dios. No es de extrañar que fue en esa ciudad donde, trescientos años después, surgió un movimiento, apoyado por el propio Faraón, que propugnaba la existencia de un único Dios: Atón.

José también se trajo a Rehema, el Director de la cárcel y lo nombró su Asistente personal.

_ Ponte de pie, Rehema, -le dijo José cuando aquel se arrodilló al verlo-  Sólo debemos arrodillarnos ante Dios.

Rehema le trajo sus pergaminos donde José, en los doce años que estuvo en la cárcel,  había escrito no sólo la historia de su vida sino algunos textos sobre la creación y la historia del mundo  así como la vida de su bisabuelo Abraham, de su abuelo Isaac y de su padre Jacob, tal como éste se los había contado.

Al segundo año de abundancia ya los graneros estaban construidos. José recorría todo Egipto supervisando que se guardara la quinta parte de todo el trigo que se producía. Al regreso de uno de esos viajes conoció a su primer hijo al que puso por nombre  Manasés, que significa “el que hace olvidar”.  Dos años después nació su segundo hijo: Efraín.

Los siete años de abundancia llegaban a su fin. Amenemhat III, el Faraón, confiaba plenamente en José y le había delegado muchas más funciones.  Zafnat Panea había sido bendecido en extremo: Una esposa que lo amaba. Dos hermosos hijos varones, mucha sabiduría y compasión. Y a través de él, como siempre sucede cuando un pueblo o una persona le da honra a un siervo del Señor,  Dios había bendecido a Egipto. Ni un solo ataque de una potencia extranjera se sucedió durante el reinado de Amenemhat III y había paz interior.

Comenzó el primer año de escasez y de acuerdo a las instrucciones de José, los egipcios debían pagar el grano con dinero. Las arcas del Faraón comenzaron a llenarse rápidamente y eso le permitió acometer una serie de construcciones, entre ellas su famoso laberinto, que  fue considerado una de las maravillas del mundo. Al lado del laberinto, Amenemhat comenzó a construir su tumba.  

Llegó el segundo año de escasez. En Canaán, Jacob, ya un anciano de 130 años de edad[1], veía con preocupación cómo el grano se agotaba.   Ellos eran pastores de ovejas, con la lana que producían comerciaban con otros pueblos para obtener productos agrícolas, el principal: el trigo.

Comerciantes se lo habían dicho:

_ No tenemos trigo, Jacob. En Egipto hay, pero sólo venden lo que cada quien necesita.

Entonces Jacob llamó a diez de sus hijos. Todos tenían ya más de 50 años, con esposas e hijos. (Benjamín, el amado hermano de José, el menor,  tenía en ese momento 33 años).

_ En Egipto hay trigo. Deben ir allá y comprar lo que necesitamos.

_ ¿Quiénes iremos, padre?

_ Todos… excepto Benjamín… él no.  Si van juntos podrán defenderse de los maleantes de los caminos.

Así, diez de los hijos de Jacob:   Judá, Leví, Isacar, Zabulón. Aser, Rubén, Neftalí , Simeón, Gad y Dan se pusieron en marcha hacia Egipto.

Veintidós años antes José, con apenas 17 años, les había contado su sueño donde vio que diez estrellas le hacían reverencia. Eso, y otras cosas más,  los enfureció y lo vendieron como esclavo.

En pocos días ese sueño se cumpliría.    

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El hambre se había extendido por todo Egipto, Canaán, Fenicia y Edom. De todas partes venían a comprar trigo. José estableció  tres grandes centros de distribución, el principal estaba en Tanis, conocida por los cananeos como Zoán. Debido al alto volumen de compradores que venían a esta ciudad José decidió establecerse allí para vigilar de cerca las ventas.

De todo el grano existente, José dispuso que la mitad se reservara para el consumo interno y la otra mitad para la venta a extranjeros. Como siempre, comerciantes inescrupulosos quisieron comprar más de lo que podían para venderlo a altos precios. Para evitarlo se llevó un registro pormenorizado de todos los comerciantes que llegaban a Egipto y la cantidad de trigo que podían comprar. Con todo no pudo evitarse la especulación. 

Los diez hermanos de José llegaron a Tanis y se dirigieron al lugar donde se vendía el trigo. Unos cien soldados mantenían el orden en la extensa fila de personas, todos extranjeros. Había tres filas más, una para los egipcios de edad avanzada, a quienes se les vendía con precio muy por debajo, otra era para las viudas egipcias que no pagaban y otra para los egipcios adultos. Cerca de allí se encontraba el impresionante Templo al dios Amón.

José se encontraba sentado en una tarima, flanqueado a cada lado por dos criadas que lo abanicaban y detrás cuatro soldados. Estaba vestido todo de blanco, como era usual en Egipto cuando se debía estar al aire libre.

La fila avanzó. Cada uno de los diez hermanos llevaba un saco grande y lingotes de plata para comprar todo el trigo que necesitarían para el resto del año. Tanto ellos, como Jacob, esperaban que la sequía finalizara pronto.

- Mi señor, -le dijo Rehema a José- Debería ir a descansar.

José no le respondió. Había lanzado su mirada hacia el final de la fila y vio a diez hombres que hablaban entre ellos.

Se levantó y se dio cuenta: Eran sus diez hermanastros. Desde que había comenzado la sequía, dos años antes, José sospechaba que eso sucedería.

_ Rehema… -dijo-  Mi pasado me ha encontrado.

_ ¿Cómo dice, Señor?

_ Aquellos hombres, vestidos con ropa canaanita… Son mis hermanos.

_ ¿Está seguro, señor?

_ Son sus mismas caras, pero su expresión es diferente.

_ ¿Qué hará, señor? Si me permite decirlo… Ellos deben pagar lo que le hicieron.

_ Ya veremos, Rehema… Manda cinco soldados a buscarlos y que los traigan ante mí.

Rehema le hizo señas a cinco de los soldados y se dirigieron a donde se encontraban los hermanos de José.

_ ¿Quiénes son ustedes? –les preguntó Rehema.

_ Mi Señor –dijo Rubén- somos hebreos… Hemos venido a comprar trigo.

_ ¿Todos son hebreos?

_ Sí señor –dijo Judá- somos hermanos.

_ Tráiganlos ante el Señor Zafnat Panea.

Los soldados los rodearon y los escoltaron hasta la pequeña tarima donde se encontraba José, quien aún estaba de pie, dándoles la espalda.

_ Arrodíllense ante el Señor Zafnat Panea, Gobernador de Egipto.

Los diez hermanos se postraron en el suelo, sin levantar su rostro. José se volvió y los miró. Una mezcla de sentimientos se agolpó en su pecho. Había ira contenida, deseos de perdón, compasión… “Hay sólo diez… Falta uno… mi hermano Benjamín… Quizás también lo vendieron como esclavo o algo peor”.

Poco a poco, con temor, cada uno de ellos comenzó a levantar la cabeza.

_ Mi Señor –dijo Simeón- somos unos simples pastores de ovejas, de la tierra de Canaán. Venimos a comprar trigo.

Todos levantaron el rostro y vieron a Zafnat Panea… Este los miró uno a uno… “Sí, ninguno de ellos es Benjamín” –pensó.

José se sentó. No se extrañaba que no lo reconocieran. Él era un muchacho la última vez que ellos lo vieron y con esa ropa que ahora tenía, con las joyas y el maquillaje en los ojos para contrarrestar el ardiente sol era imposible que supieran que él era su hermano.  Ellos continuaron arrodillados. José entonces se acordó de sus sueños. “Dios nunca hace nada sin antes anunciarlo” –pensó.

_ Ustedes mienten –les gritó con dureza – ustedes son espías.

Los diez hermanos estaban aterrados. Rodeados de cinco soldados, armados, en una tierra lejana y frente a un hombre poderoso sintieron miedo por primera vez en sus vidas.

_ No señor –dijo Judá- no somos espías. Mis hermanos y yo sólo hemos venido a comprar trigo.

_ ¿Así que son hermanos?... ¿Todos? ¿Los diez?

_ Sí mi señor –dijo Dan- somos once hermanos, el menor se quedó con nuestro padre en Canaán.

_ ¿Once? ¿Seguro que dicen la verdad? Tengo poderes mágicos y puedo saber si mienten.

_ Bueno, señor –dijo Zabulón_ éramos doce, pero uno ya no está.

_ No les creo ni una palabra. Ustedes son espías y han venido a ver la debilidad de Egipto.

Los diez hermanos sentían que el mundo se les venía abajo. Ya suplicaban:

_ No, poderoso señor, lo juramos. No somos espías.

_ ¡Silencio! No se irán de aquí hasta que vuestro hermano menor venga ante mí.  Que se vaya uno de ustedes a buscarlo, los demás quedarán prisioneros.

_ Oh, señor, señor… se lo juro, no somos espías –dijo Simeón.

Viendo a Simeón suplicar y llorar, a Simeón, que fue el que propuso lanzarlo al pozo. El que más se ensañó con él, José, lejos de sentir satisfacción, sintió una gran pena y entonces les dio la espalda. No podía contener las lágrimas. Le hizo una seña a Rehema.

_ ¡Llévenselos a la cárcel! – le dijo Rehema a los soldados.

Los soldados los levantaron y a empujones los obligaron a caminar hacia la cárcel,  mientras José, con lágrimas en sus ojos veía cómo se los llevaban. 

La cárcel de las residencias del Faraón en Tanis donde José se estaba quedando se encontraba en un nivel inferior. Llegó esa primera noche y los diez hermanos metidos en una celda.

_ Esto no está pasando porque pecamos contra José.

_ Sí, vimos la angustia en su cara cuando nos suplicaba que no lo entregáramos a esos mercaderes y no hicimos caso.

_ Yo se los dije –dijo Rubén- yo les dije que no pecaran contra el muchacho y ustedes no me escucharon.

Ellos ignoraban que cerca de donde estaban, José, oculto los escuchaba y lloraba.

Al día siguiente, José mandó a buscarlos. Esta vez los recibió en la sala de audiencias de su casa. Apenas entraron se arrodillaron y no dijeron nada.

_ El Señor Zafnat Panea es un hombre justo –dijo Rehema- todos pueden irse, excepto aquel (señaló a Simeón). Si quieren volver a ver con vida a su hermano, deben venir aquí, con su hermano menor y así mi señor Zafnat Panea quedará convencido que ustedes dicen la verdad.

A una seña de Rehema, dos soldados tomaron a Simeón y se lo llevaron. Los otros intentaron pararse.

_ ¡No se levanten en la casa de mi Señor!

Inmediatamente los pocos que se habían medio inclinados se volvieron a postrar a tierra.

_ ¡Judá! ¡Judá!  –gritaba Simeón mientras se lo llevaban- ¡Hermanos! ¡Hermanos!  No me dejen, ¡no me dejen…!

Rubén, Judá, Dan, Isacar y Zabulón, sin levantar el rostro, lloraban.

_ Señor –dijo Rubén- le hemos dicho la verdad.

_ ¡Ni una palabra más! Pasarán dos días más en la cárcel por insolentes –dijo Rehema. 

José se levantó y se fue a una sala contigua donde estalló en llanto. Debía sentir satisfacción pero sentía pena por sus hermanos. Era como si en esas lágrimas estaban veinte años de amargura. Sentía ganas de gritarles: “¡Soy su hermano, José!” pero no, debía probarlos, debía estar seguro que no eran los mismos que lo lanzaron a ese pozo oscuro, donde lo tuvieron toda la noche y después lo vendieron como esclavo.

Los soldados se llevaron a los hermanos de José. Los metieron nuevamente en la cárcel. Se extrañaron de no ver allí a Simeón. Entonces sintieron mayor angustia.

_Quizás lo mataron.

_No, no, debe estar en otra celda.

Al día siguiente uno de los asistentes de José fue a la celda a pedirles el dinero por la compra del trigo. Ellos se lo dieron.

_ ¿Señor, usted sabe dónde está nuestro hermano? –le preguntó Dan al asistente.

Este le hizo una seña que no entendía su idioma.

Mientras tanto, José había dado órdenes de que les llenaran los sacos de trigo y que en cada saco les metieran la plata que habían pagado y que también les dieran comida para el camino.

Al tercer día de estar en prisión los soltaron, excepto a Simeón. Temiendo que si decían algo o si preguntaban por su hermano podían retenerlos, todos se mantuvieron en silencio. Montaron sus sacos sobre los burros y se fueron. Desde una ventana superior José y Rehema los veían:

_ Quizás no regresen nunca, señor –le dijo Rehema.

_ Regresarán… la sequía se pondrá peor. Ellos regresarán. 

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En el camino, Neftalí abrió su saco para dar de comer a su burro y allí vio el lingote de plata que había pagado. Todos sintieron miedo y abrieron también sus sacos. Cada uno de ellos tenía el pequeño lingote de plata.

_ ¿Qué está sucediendo? ¿Qué nos está haciendo Dios? –se preguntaban.

Llegaron a su tierra y le contaron a Jacob lo que había pasado. Que la única manera de volver a ver a Simeón era ir con Benjamín.

-¡Nunca! ¡Nunca!  -gritó Jacob- No perderé a Benjamín también.

_ Pero padre-dijo Rubén- Simeón está allá. Se pudre en una cárcel.

_ ¡No, no! No perderé a Benjamín, no como perdí a José.

Y entonces Jacob estalló en llanto al recordar a José.  Los nueve hijos se vieron la cara. Veintidós años hacía desde que ellos le hicieron creer a Jacob que a José lo había devorado una fiera y el dolor que Jacob sentía era como si sólo hubiese pasado un día.  Ese dolor de su padre también lo llevaban ellos. 

_Padre –le dijo Rubén_ la vida de mis dos hijos las dejo en tus manos si no te regreso a Benjamín.

_ No, ya dije que no… Si le pasara a algo a Benjamín sí que no lo soportaría, de seguro moriré por el dolor.

Pasaron las semanas. La sequía arreciaba. Ya no habría trigo para comer ni para alimentar a los animales.

_ Padre –dijo Judá- ¿No confías en Dios? ¿No le prometió él a Abraham que su descendencia sería como los granos de arena? Si no vamos a Egipto moriremos de hambre.

_ ¿Pero por qué tenían que decirle a ese hombre, a ese egipcio, que tenían otro hermano?

_ Ese hombre nos preguntó por nuestra familia, ¿cómo íbamos a saber nosotros que nos diría: traigan a su hermano? – Dijo Rubén.

_ Deja que Benjamín venga –dijo Judá_ Yo te respondo por él.

_ Está bien, está bien… Vayan y lleven regalos a ese hombre. Llévenle miel, mirra, bálsamo, nueces y almendras. Escojan lo mejor. Ojalá así se le ablande el corazón.  También lleven el dinero que se les devolvió la vez que fueron, alguna equivocación hubo.  Vayan, y Dios omnipotente ponga misericordia en ese hombre.

Después de dos semanas de viaje, los nueve hermanastros de José, acompañados por su hermano Benjamín, llegaron a Tinis y se presentaron en el lugar donde se despachaba el trigo. José los vio y le dijo a Rehema.

-  Llévalos a mi casa. Degüella una res y prepárala, ellos comerán conmigo al mediodía.

Rehema se acercó a los hermanos y les dijo:

_ Mi Señor Zafnat Panea los invita a almorzar hoy en su casa. Síganme.

Pero ellos hablaban entre sí:

_ No me gusta esto. Tal vez es una trampa.

_ Sí, debe ser por el dinero anterior, el que apareció en nuestros sacos.

Entonces Rubén se dirigió a  Rehema:

_ Señor, en nuestro primer viaje, cuando íbamos de regreso vimos que el dinero que pagamos estaba en nuestros sacos. No sabemos cómo llegó allí, pero lo hemos vuelto a traer y más dinero para comprar.

_ La paz sea con ustedes. Yo recibí el dinero por su compra. Ese dinero del que hablas debe haber sido un regalo de vuestro Dios.

_ Otra pregunta, señor, y disculpe… ¿Está bien nuestro hermano, Simeón?

Rehema hace una seña a uno de los soldados y éste se interna en la casa. Pocos segundos después sale Simeón, con ropas nuevas.

- ¡Hermanos!

- ¿Pero cómo? No entiendo –le dice Judá.

_ No lo sé hermano… Apenas ustedes se fueron me sacaron de la celda y me dieron una habitación y estas ropas nuevas.

_ ¡Basta de charla! Sigan a esa criada que los llevará a quitarse el polvo del desierto.

Los once hermanos estaban sorprendidos. No entendían qué estaba pasando. El más sorprendido era Benjamín, quien tampoco entendía esa extraña sensación que sentía en el pecho.

Una vez se asearon los llevaron al salón comedor. Se sentaron. Desde una abertura oculta en la pared (algo usual en Egipto) José y su esposa Asenat, que había llegado desde Menfis, los veían.

_ Sí vinieron con Benjamín… Míralo Asenat, mi hermano de vientre.

_ Debes decirle quien eres José, sólo así cerrarás esa página de tu vida.

Mientras tanto, en el salón, los once hermanos tenían ya sobre la mesa los presentes que Jacob le había enviado a Zafnat Panea. José entró y todos inclinaron la cabeza.

_ Levanten el rostro –les dijo- ¿Cómo están? ¿Cómo estuvo el viaje?

Ellos no entendían ese cambio de actitud.

_ Bien, mi señor. Todo bien, gracias a Dios.

_ ¿Cómo está vuestro padre?

_ Está bien, señor.

Entonces José se fijó en Benjamín, tanto que éste le tuvo que retirar la mirada.

_ ¿Eres el hermano menor?

_ Sí, mi señor, soy Benjamín.

José lo miró y recordó el día en que Benjamín nació. Era un recuerdo extraño: de felicidad porque le había nacido un hermanito pero de tristeza porque también había muerto su madre. Recordaba cómo lo ayudaba a dar sus primeros pasos… Con voz entrecortada, a punto de romper en llanto, José se olvidó de ser Zafnat Panea y le dijo en el idioma hebreo:

_ El Señor tenga misericordia de ti, hijo mío.

Y se retiró a llorar a su recámara.

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.FIN DE LA PRIMERA PARTE

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Comentarios José, el hijo de Jacob. (Parte I)

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CLIFFORD SINGER CLIFFORD SINGER 28/05/2018 a las 10:48

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